domingo, 3 de marzo de 2013

UNA DIETA MEDITERRANEA ES APOSTAR POR UNA VIDA MAS SALUDABLE Y SANA...EN ANDALUCIA LO SABEMOS BIEN

Aqui os dejo la receta : " Tortillitas de Bacalao "



Ingredientes:

- Bacalao desalado crudo (unos 300 gramos)
- 1 huevo
- 1 vaso de cerveza
- 3 dientes de ajos- perejil
- 1/2 vaso de harina
- azafrán en hebras



Preparación:
Primeramente se trocea el bacalao y se echa en un bol. 

Se le pican los ajos muy pequeñitos y el perejil.

Se separa la clara del huevo para montarla; la yema la añadimos al bacalao con el vaso de cerveza y las hebras de azafrán. 

Por último, incorporamos el medio vaso de harina.Se mezcla todo muy bien hasta conseguir una mezcla homogénea no espesa pero sí consistente.

Vertemos sobre ella la clara montada y se mezcla todo junto.

Con una cuchara vamos echando la mezcla en la sartén con el aceite bien caliente, hasta que se doren bien y se formen tortillitas, una vez doraditas ponerlas en un plato con papel absorbente para quitarle resto de aceite y listas para serbir




LA FALSEDAD TIENE ALAS Y VUELA...Y LA VERDAD LA SIGUE ARRASTRÁNDOSE ( Miguel de Cervantes )







No tenían más hijo que aquel los duques

de Toledo, pero era un niño como unas flores;
sano, apuesto, intrépido, y, en la edad tierna,
de condición tan angelical y noble, que le
amaban sus servidores punto menos que sus
padres. Traíale su madre vestido de terciopelo
que guarnecían encajes de Holanda, luciendo
guantes de olorosa gamuza y brincos y joyeles
de pedrería en el cintillo del birrete; y al
mirarle pasar por la calle, bizarro y galán cual
un caballero en miniatura, las mujeres le
echaban besos con la punta de los dedos, las
vejezuelas reían guiñando el ojo para significar
“¡Quién te verá a los veinte!”, y los graves
beneficiados y los frailes austeros, sacando la
cabeza de la capucha y las manos de las
mangas, le enviaban al paso una bendición.
Sin embargo, el duque de Toledo, aunque
muy orgulloso de su vástago, observaba con
inquietud creciente una mala cualidad que
tenía, y que según avanzaba en edad el niño
don Sancho iba en aumento. Consistía el defecto
en una especie de manía tenacísima de
cantar la verdad a troche y moche, viniese a
cuento o no viniese, en cualquier asunto y
delante de cualquier persona. Cortesano viejo
ya el duque de Toledo, ducho en saber que en
la corte todo es disfraz, adivinaba con terror
que su hijo, por más alentado, generoso, listo
y agudo que se mostrase, jamás obtendría el
alto puesto que le era debido en el mundo, si
no corregía tan funesta propensión.
-Reñida está la discreción con la verdad:
como que la verdad es a menudo la indiscreción
misma -advertía a su hijo el duque-. Por
la boca solemos morir como los simples peces,
y no es muerte propia de hombre avisado,
sino de animal bruto, frío y torpe -solía
añadir.
Corríase y afligíase el rapaz de tales reprensiones
y advertencias, y persuadido de
que erraba al ser tan sincero, proponía en su
corazón enmendarse; pero su natural no lo
consentía: una fuerza extraña le traía la verdad
a los labios, no dándole punto de reposo
hasta que la soltaba por fin, con gran aflicción
del duque, que se mataba en repetir:
-Hijo Sancho, mira que lo que haces… La
verdad es un veneno de los más activos; pero
en vez de tomarse por la boca, sale de ella.
Esparcida en el aire, es cuando mata. Si tan
atractiva te parece la fatal verdad, guárdala
en ti y para ti; no la repartas con nadie, y a
nadie envenenarás.
Acaeció, pues, que frisando en los trece
años y siendo cada vez más lindo, dispuesto y
gentil el hijo de los duques de Toledo, un día
que la reina salió a oír misa de parida a la
catedral, hubo de verle al paso, y prendada
de su apostura y de la buena gracia con que
le hizo una reverencia profundísima, quiso
informarse de quién era, y apenas lo supo,
llamó al duque y con grandes instancias le
pidió a don Sancho para paje de su real persona.
Más aterrado que lisonjeado, participó
el duque a su hijo el honor que les dispensaba
la reina.
-Aquí de mis recelos, aquí del peligro,
Sancho… Tu funesto achaque de veracidad
ahora es cuando va a perderte y perdernos. Si
la reserva y el arte de bien callar son siempre
provechosas, en la cámara de los reyes son
indispensables, te lo juro.
-Antes pienso, padre -replicó el precoz
don Sancho-, que al lado de los reyes, por ser
ellos figura e imagen de Dios, alentará la verdad
misma. No cabrá en ellos mentira ni acción
que deba ser oculta o reservada.
Confuso y perplejo dejó la respuesta al
duque, pues le escarabajeaban en la memoria
ciertas murmuraciones cortesanas referentes
a liviandades y amoríos regios; pero tomando
aliento:
-No, hijo -exclamó por fin-, no es así como
tú supones… Cuando seas mayor y tu
razón madure, entenderás estos enigmas. Por
ahora solo te diré que si vas a la corte resuelto
a decir verdades, mejor será que tomes ya
mi cabeza y se la entregues al verdugo.
Cabizbajo y melancólico se quedó algún
tiempo don Sancho, hasta que, como el que
promete, extendió la mano con extraña gravedad,
impropia de su juventud.
-Yo sé el remedio -afirmó. Mentir me es
imposible, pero no así guardar silencio. Haced
vos, padre, correr la voz de que un accidente
me ha privado del habla, y yo os prometo, por
dispensaros favor, ser mudo hasta el último
día de mi vida si es preciso.
Pareció bien el arbitrio al duque y divulgó
lo de la mudez; siendo lo notable del caso que
la reina, sabedora de que el bello rapaz era
mudo, mostró alegría suma y mayor empeño
en tenerle a su servicio y órdenes. En efecto,
desde aquel día asistió don Sancho como paje
en la cámara de la reina, sellados los labios
por el candado de la voluntad, viendo y oyendo
todo cuanto ocurría, pero sin medios de
propalarlo. Poco a poco la reina iba cobrándole
extremado cariño. Sancho se pasaba las
horas muertas echado en cojines de terciopelo
al pie del sillón de su ama y recostando la
cabeza en sus faldas, mientras ella con la fina
mano cargada de sortijas le acariciaba maternalmente
los oscuros y sedosos bucles. Las
primeras veces que don Sancho fue encargado
de abrir la puerta secreta a cierto magnate,
y le vio penetrar furtivamente y a deshora
en el camarín, y a la reina echarle al cuello los
brazos, el pajecillo se dolió, se indignó, y, a
poder soltar la lengua, Dios sabe la tragedia que
en el palacio se arma. Por fortuna, Sancho
era mudo; oía, eso sí, y las pláticas de los
dos enamorados le pusieron al corriente de
cosas harto graves, de secretos de Estado y
familia; entre otros, de que el rey, a su vez,
salía todas las noches con maravilloso recato
a visitar a cierta judía muy hermosa, por
quien olvidaba sus obligaciones de esposo y
de monarca, y merced a cuyo influjo protegía
desmedidamente a los hebreos, con perjuicio
de sus reinos y mengua de sus tesoros. Envuelta
en el misterio esta intriga, no la sabían
más que el magnate y la reina; y don Sancho,
trasladando su indignación del delito de la
mujer al del marido, celebró nuevamente no
haber tenido voz, porque así no se veía en
riesgo de revelar verdad tan infame. Pasado
algún tiempo, la confianza con que se hablaban
delante del mudo pajecillo instruyó a éste
de varias maldades gordas que se tramaban
en la corte: supo cómo el privado, disimuladamente,
hacía mangas y capirotes de la
hacienda pública, y cómo el tío del rey conspiraba
para destronarle, con otras infinitas tunantadas
y bellaquerías que a cada momento
soliviantaban y encrespaban la cólera y la
virtuosa impaciencia de don Sancho, poniendo
a prueba su constancia, en el mutismo absoluto
a que se había comprometido.
Sucedía entretanto que le amaban todos
mucho, porque aquel lindo paje silencioso, tan
hidalgo y tan obediente, jamás había causado
daño alguno a nadie. No hay para qué decir si
le favorecían las damas, viéndole tan gentil y
estando ciertas de su discreción; y desde el
rey hasta el último criado, todos le deseaban
bienes. Tanto aumentó su crédito y favor, que
al cumplir los veinte años y tener que dejar su
oficio de paje por el noble empleo de las armas,
colmáronle de mercedes a porfía el rey,
la reina, el privado y el infante, acrecentando
los honores y preeminencias de su casa y
haciéndole donación de alcaldías, fortalezas,
villas y castillos. Y cuando, húmedas las mejillas
de beso empapado de lágrimas con que le
despidió la reina, que le quería como a otro
hijo; oprimido el cuello con el peso de la cadena
de oro que acababa de ceñirle el rey,
salió don Sancho del alcázar y cabalgó en el
fogoso andaluz de que el infante le había
hecho presente; al ver cuántos males había
evitado y cuántas prosperidades había traído
su extraña determinación, tentóse la lengua
con los dientes, y, meditabundo, dijo para
sí (pues para los demás estaba bien determinado
a no decir oxte ni moxte): “A la
primera palabra que sueltes al aire, lengua
mía, con estos dientes o con mi puñal te corto
y te hecho a los canes.”
Hay eruditos que sostienen la opinión de
que de esta historia procede la frase vulgar,
sin otra explicación plausible: “Al buen callar
llaman Sancho.”





sábado, 2 de marzo de 2013

RECUERDA SIEMPRE QUE TU PROPIA RESOLUCIÓN DE TRIUNFAR ES MÁS IMPORTANTE QUE CUALQUIER OTRA COSA


Pablo Alboran en Viña del Mar 2013 Chile 1/03/2013




El malagueño se trajo para España  la Antorcha de plata, oro y gaviota de plata y oro
 gran triunfo en la gala en Viña del Mar

Embedded image permalink


viernes, 1 de marzo de 2013

COMO UN MAR,ALREDEDOR DE LA SOLEADA ISLA DE LA VIDA,LA MUERTE CANTA NOCHE Y DÍA SU CANCIÓN SIN FIN






LOS JUSTOS MISMOS POSEERÁN LA TIERRA...Y RESIDIRÁN PARA SIEMPRE SOBRE ELLA





Antonio Machado


Los olivos



¡Viejos olivos sedientos 

bajo el claro sol del día, 
olivares polvorientos 
del campo de Andahicía! 
¡El campo andaluz, peinado 
por el sol canicular, 
de loma en loma rayado 
de olivar y de olivar! 
Son las tierras 
soleadas, 
anchas lomas, lueñes sierras 
de olivares recamadas. 
Mil senderos. Con sus machos, 
abrumados de capachos, 
van gañanes y arrieros. 
¡De la venta del camino 
a la puerta, soplan vino 
trabucaires bandoleros! 
¡Olivares y olivares 
de loma en loma prendidos 
cual bordados alamares! 
¡Olivares coloridos 
de una tarde anaranjada; 
olivares rebruñidos 
bajo la luna argentada! 
¡Olivares centellados 
en las tardes cenicientas, 
bajo los cielos preñados 
de tormentas!... 
Olivares, Dios os dé 
los eneros 
de aguaceros, 
los agostos de agua al pie, 
los vientos primaverales, 
vuestras flores racimadas; 
y las lluvias otoñales 
vuestras olivas moradas. 
Olivar, por cien caminos, 
tus olivitas irán 
caminando a cien molinos. 
Ya darán 
trabajo en las alquerías 
a gañanes y braceros, 
¡oh buenas frentes sombrías 
bajo los anchos sombreros!... 
¡Olivar y olivareros, 
bosque y raza, 
campo y plaza 
de los fieles al terruño 
y al arado y al molino, 
de los que muestran el puño 
al destino, 
los benditos labradores, 
los bandidos caballeros, 
los señores 
devotos y matuteros!... 
¡Ciudades y caseríos 
en la margen de los ríos, 
en los pliegues de la sierra!... 
¡Venga Dios a los hogares 
y a las almas de esta tierra 
de olivares y olivares! 


JAEN HISTORICA CAPITAL ANDALUZA DEL ORO LIQUIDO... EL OLIVO







LA PALABRA DICHA,SOLAMENTE TIENE EL VALOR DEL TIEMPO QUE PERMANECE EN LA MEMORIA DE OTROS...CUANTO MÁS TIEMPO PASA EN LA MEMORIA,MÁS VALOR ADQUIERE


Antonio Banderas Hijo Predilecto de Andalucia 28F/2013

Incomprensiblemente plantado en un lugar y en una posición ocupada anteriormente por individuos cuyas trayectorias humanas y profesionales superan claramente a la mía, doy comienzo a mi intervención enfundado en la piel de una especie de Hamlet malagueño, superado por montañas de preguntas sin respuestas, y de más tribulaciones que certezas. Y si bien el reconocimiento que hoy se me otorga abre la puerta de esas incertidumbres, es el contexto en el que esto se produce lo que sin duda desata dentro de mí una batalla contra mi inseguridad. La guerra del yo, contra mí mismo.
La obviedad, y el continuo martilleo de ese contexto, es decir, la situación que vive nuestra gente, nuestro pueblo, como consecuencia de la maldita crisis que padecemos, y de todos los rotos que ésta va dejando a su paso, no sólo no atenúa, sino que acentúa el dramatismo de una letanía a la que diariamente se van añadiendo seres humanos que sufren, individuos con nombres y apellidos que pelean por mantenerse a flote, por no hundirse en este océano confuso de números macro-económicos, despiadados mercados y primas de riesgo.
Yo no tendría vergüenza, ni agallas para mirarme mañana al espejo, si solo dedicara este momento a lanzar, desde esta tribuna, agradecimientos floridos, alabanzas más o menos folclóricas y amanerados piropos a la tierra a la que todos los que aquí estamos amamos profundamente. De eso no me cabe la menor duda.
He de confesar que el hecho de haber sido un hombre con suerte, trabajada pero suerte, me hace dirigirme a ustedes con un cierto pudor, con un perdón entrecomillado por reconocer que la vida, hasta ahora, me dio más de lo que le pedí. Pero, atado a ese sentimiento, también camina de forma paralela otro que me empuja, que me obliga al compromiso irrenunciable de intentar devolver parte de lo que me ha sido dado.
Y me pregunto: ¿Podemos en estos momentos, en el que todos estamos inmersos, de una manera u otra, en una superlativa cacofonía de voces contrarias, acertar a decir algo que traspase el muro de unos oídos exhaustos de oír ecos discordantes, promesas vacías y declaraciones huecas? ¿Puedo pronunciar alguna palabra que aporte un cierto valor, o un mensaje de esperanza, y, sobre todo, algo no que posea el don de la verdad, eso sería demasiado pedir en un momento en el que parece que todos somos sospechosos de algo, sino que sea mínimamente creíble?
Yo, que soy un optimista estúpidamente romántico creo que sí, que sí es posible. No tanto por las garantías, y la credibilidad de quien os habla, sino por la voluntad del que escucha.
Pero para abordar esta tarea me veo obligado a abandonar el yo. El yo, hemos de reconocerlo, es feo. Es más bonito el nosotros. Sin embargo, en este momento he decidido colarme por la puerta del ellos.  Sí, pues son ellos, este nutrido grupo de ilustres andaluces que hoy reciben justo reconocimiento, los que diariamente muestran con hechos que hay que tener fe en nuestra tierra, en sus infinitas posibilidades y en su futuro.
Andalucía posee muchas y diversas fuentes de riqueza. Una de ellas es la agrícola. Debemos sentirnos orgullosos de las miles y miles de personas que hunden sus manos en los campos de labranza para sacar de ellos, con mimo y esfuerzo, trozos de vida...
...El difícil episodio sobre el que ahora tengo que reflexionar abre ante mí las puertas de una casa llena de habitaciones oscuras, de pasillos llenos de recovecos, y de espejos que devuelven imágenes distorsionadas. Ante uno de esos espejos tratare de desnudarme. Abriré las ventanas para que podamos distinguir nítidamente cuál es la imagen que nos es devuelta.
El 4 de diciembre de 1977 yo participaba en los ensayos de una obra de teatro con mis compañeros del grupo independiente Dintel. Se llevaban a cabo estos en una casa en ruinas del malagueño barrio del Perchel. Yo tenía 17 años, los bolsillos vacíos, pero el alma llena de ilusiones y planes más o menos imposibles. A media mañana comenzaron a oírse a cierta distancia de donde nos encontrábamos los ecos de una multitud que iba poco a poco tomando las calles céntricas de nuestra ciudad. Los ensayos comenzaron paulatinamente a perder interés a medida que sentíamos la urgencia y la curiosidad por ver con nuestros propios ojos el acontecimiento histórico que estaba teniendo lugar a pocos metros de donde nos hallábamos. Debido a la falta de concentración que se apoderó de todos nosotros, el director de la obra decidió, con buen criterio, suspender los ensayos y dejarnos ir, decisión que fue recibida con alborozo por parte de todos los miembros del grupo.
Salimos de allí en estampida, y a poco nos incorporábamos al río de gente que avanzaba con aires más festivos que reivindicativos. Sorprendía la gran cantidad de personas que se había dado cita en aquella primera celebración del día de Andalucía, y el carácter alegre de la manifestación. Recuerdo ver muchos niños, algunos portados a hombros de sus padres, así como grupos de gente que, acompañados por una guitarra, entonaban canciones típicas de nuestra tierra. Frente a otras demostraciones callejeras de las que yo había sido testigo, aquella se desmarcaba y establecía un factor diferencial subrayado por las sonrisas en las caras de todos, por el orgullo de salir a la calle como andaluces, como pueblo que se reconocía en su propia idiosincrasia. Pero no duró mucho la fiesta, pues a poco de habernos unido a la manifestación, 10, quizás 15 minutos después, todo cambió. El lugar donde nos encontrábamos era el puente de la Prolongación de la Alameda. Desde esa posición, y a pesar de los años transcurridos, esto es lo que recuerdo.
Al principio, un detalle insignificante, pero al que recuerdo prestar atención. Una señora, con sus hijos de la mano, corría en dirección contraria al sentido de los manifestantes. Al pasar junto a nosotros la oí decir, "tenía que pasar, tenía que pasar". Unos segundos después, no muchos, el número de personas que emprendían lo que interpreté como una huida, iniciaban el mismo camino en dirección contraria que había seguido la señora con los niños. Sus caras ya no enseñaban sonrisas sino miedo. A partir de ese momento, lo que recuerdo es una concatenación de imágenes confusas y rápidas que probablemente han sufrido el desperfecto lógico tras haber permanecido muchos años en los cajones de mi memoria. Luces azules de las furgonetas antidisturbios, carreras desesperadas, caídas, una bandera con los colores de nuestra tierra caída en el suelo y en la que se enredaban los pies de alguien que corría, un bote de humo que saltaba entre la gente que se empujaba, gritos en medio de una niebla que se agarraba a la garganta.
No lo supe en aquel momento, pero a muy pocos  metros de donde yo me encontraba, la vida de Manuel José García Caparrós había pasado del blanco y verde de la mañana al negro eterno de lo irreversible, de lo que ya no tenía arreglo. Había caído abatido por un disparo que hizo diana en el corazón de todos los andaluces, tiñendo de dolor a un pueblo que minutos antes cantaba ilusionado el inicio de un camino hacia un futuro que habría de salvar obstáculos, momentos claros y oscuros, vicisitudes, pero que estaba rodeado de esperanza.
Confieso sentir un estremecimiento casi sobrenatural al comprobar lo paradójico de este momento en el que me encuentro en relación a Manuel José. El haber estado a tan pocos metros de él cuando se enfrentó a sus últimos pensamientos, su última mirada a esa Andalucía que se desmoronaba a su alrededor, y volver a reencontrarme con su memoria el día en que ambos recibimos el título de hijos predilectos de nuestra tierra es hoy para mí motivo de reflexión compleja y profunda. Desata un aluvión de preguntas a las que me veo obligado a responder por respeto a ti, y al precio que pagaste por salir a la calle aquella mañana del 4 de diciembre a defender la libertad, el nombre de tu tierra y la dignidad de sus gentes.
Manuel José, hoy sé que el disparo que te mató podría haberse alojado en cualquiera de los que estábamos cerca de ti. Podría haber sido para mí y todo lo que desde entonces me ha acontecido habría sido borrado. Las  cosas que he visto, la gente que he amado, la hija que tuve, las batallas que gané y las que perdí no existirían. Eso es lo que te fue robado. Por eso hoy se te hace justicia, por eso hoy tu gente te quiere devolver lo que se te arrebató, y el espejo frente al que, hace unos momentos prometí desnudarme, me devuelve hoy tu figura. Y a mí me gustaría pedirle permiso a tu familia para, en este día en el que ambos somos nombrados hijos de nuestra tierra, decirte, hermano, dame la mano y volvamos al Día de Andalucía del año 77, y completemos lo inacabado. Salgamos de nuevo a las calles de nuestra tierra para gritar lo que no pudo salir de tu garganta. Que somos un pueblo que respira libertad. Que el andaluz camina sin miedo a perder su identidad pues está soldada a lo más profundo de su alma.  Que entre el ser o no ser, Andalucía siempre eligió el ser. Que reconocemos nuestra imperfección y en esto sólo vemos un estímulo para seguir creciendo. Que en estos días turbios y confusos no podemos correr el riesgo de convertirnos en aquello que criticamos.  Que para vivir la vida hay que mirar hacia adelante, pero para entenderla hay que mirar hacia atrás. Por eso me apoyo en ti Manuel José, y te digo que, en estos momentos difíciles, Andalucía para mí no es una región, o un pueblo, un sentimiento, una idea, o un proyecto, Andalucía es para mí en estos momentos una necesidad.  La respuesta a mis preguntas más trascendentes. Por eso vuelvo y nunca me separo del todo, porque al sentir el palpitar de esta tierra me conmuevo, entiendo el ritmo de la vida y acepto la certeza de la muerte. Lo digo frente a la memoria de un hombre que entregó su vida por una Andalucía libre, España y la humanidad.






Gadget de animacion Social - Widgets para Blogger